lunes, 11 de noviembre de 2013

Misión para el sirviente (y 3)


Ante ella se alzaba en la penumbra lo que una vez fuera un gran templo. Su tejado acampanado estaba todavía intacto. Sus muros eran los mismos de siempre, dejando al descubierto lugares que aún insinuaban la antigua grandeza del templo. Ojos de Tinta no se detuvo a preguntarse quién había sido adorado en ese lugar cientos de años antes de que el Takenuma se lo tragara. En cambio, examinó el terreno para darle un enfoque y así elegir un lugar apropiado por el cual entrar en la estructura.

Ojos de Tinta hizo una pausa para asegurar su máscara negra, símbolo de su profesión, alrededor de su boca y su nariz. Llevaba escaso atuendo a parte de la máscara, ya que Ojos de Tinta le daba mucho más uso a las armas que a la modestia.

Caminaba en silencio a través de la niebla, dando círculos alrededor del templo profanado. Sobre ella, una ventana del segundo piso estaba abierta y oscura como la cuenca vacía de un ojo. Flexionó sus piernas y saltó hasta conseguir trepar por la ventana vacía. No apareció ningún guardia. No sonó ninguna alarma.

El recibidor que se encontraba ante ella estaba sumido en una profunda oscuridad. Ojos de Tinta se movió lentamente, con sus armas en las manos y su espalda apoyada en las paredes de piedra del templo.

Se detuvo, escuchando. Un suave ronquido resonó desde el interior de una habitación cercana. Ojos de Tinta se movió en la oscuridad en dirección al ruido, ansiosa por cumplimentar su misión.



Con una palabra susurrada, apareció ante Ojos de Tinta un orbe de luz rojiza. Emitía pulsos similares a un corazón moribundo, que iluminaban la estancia. A medida que Ojos de Tinta se movía, el orbe lo hacía frente a ella iluminando su camino. Su maestría en el ninjitsu no se debía solamente a sus meditaciones en Takenuma.

Casi por casualidad, Ojos de Tinta entró en la habitación tras el orbe. En el resplandor carmesí yacía una figura sobre un colchón de paja, envuelta en una manta andrajosa. En otro sentido la habitación estaba vacía, a excepción de unos oscuros símbolos que cubrían las paredes, formando un crudo mosaico. Aquellas no eran las escrituras de los habitantes originales del templo. De hecho, parecían primitivas en comparación a la maestría que demostraba la cantería de los muros del templo. Ojos de Tinta rascó el borde de las paredes con su tanto, haciendo que la sangre seca con la que estaban escritos los símbolos se desconchara y cayese al suelo. Cualquiera que fuese el poder mágico de las marcas de sangre, hacía tiempo que había desaparecido.

Ojos de Tinta levantó su naginata levemente, haciendo que la hoja apuntase hacia abajo. Avanzó y apuntó con su arma al estómago de la figura que dormía.

Con una sacudida, Muzan se incorporó, abriendo su boca para gritar. Ojos de Tinta pasó su cuchillo por la garganta del ogro y la rebanó de un lado a otro.

Con el resplandor de la luz pulsante, Los ojos de Muzan parecían centrarse sobre Ojos de Tinta brevemente antes de morir.

La sangre de la herida se vertió sobre la manta y el colchón de paja. Ojos de Tinta empujó con el pie el cadáver hacia un lado y así vaciar del cuerpo la sangre que quedaba. Cuando comenzó a derramarse por el suelo, Arrojó sus armas a un lado y se arrodilló junto a su antiguo amo.

Ojos de Tinta posó las palmas de sus manos sobre la sangre caliente. Sobre el suelo dibujó con rapidez dos arcos, y volvió a posar sus manos en la sangre para hacer una serie de líneas que cortaban con los arcos. La sangre continuaba fluyendo del cadáver de Muzan, y Ojos de Tinta garabateó su silueta en un amplio círculo en el suelo alrededor del ogro.

Tras varios minutos, el orbe de luz roja se movió sobre el cuerpo de Muzan. El orbe comenzó a crecer. Con cada pulsación, la luz se expandía. Pronto se hizo tan grande como su calavera, luego el doble, y después se hizo del tamaño del torso de Muzan. La luz se expandió, hacia arriba y abajo, hasta formar una pira que consumía el cadáver de Muzan. Ojos de Tinta se inclinó con los brazos extendidos sobre ella, y esperó.

No esperó mucho.

- Bien, - dijo una voz como la de cien cigarras.

Ojos de Tinta miró hacia arriba.

La luz colgaba ahora sobre el cuerpo de Muzan como una cortina con reflejos de sangre. Tras la cortina, Ojos de Tinta pudo ver una enorme figura. La figura parecía encontrarse a cierta distancia, permitiendo que lo viese por completo. Tenía forma humana por lo menos en la cabeza y en el torso, a pesar de que tenía un par de cuernos tan anchos como sus hombros. Sus brazos y piernas eran como los de un esqueleto distorsionado, con articulaciones nudosas y carente de cualquier músculo discernible. Cada brazo terminaba en una masa de tentáculos que se retorcían como serpientes.

Sin embargo, lo que Ojos de Tinta pudo apreciar con mayor facilidad fueron los ojos de oni. Tres globos rojos perfectos la miraban fijamente.

- Estoy más que satisfecho con tu traición, - entonó el demonio. - Levántate, mi sirviente. -

Ojos de Tinta se levantó.

- Me has traído más sangre, pero aún necesito más, y requeriré más después. Muzan era débil. Intentó ocultarte de mis ojos. Sin embargo, he podido reconocer al verdadero sirviente que me ha estado alimentando todos estos años. Tú recibirás las recompensas por tus fieles actos, mi sirviente, y un poder que se encuentra más allá de todo cuanto has descubierto sola en el Pantano Takenuma. -

- ¿Tú lo conoces? ¿Cómo...? - empezó a decir Ojos de Tinta.

-Silencio. Conozco tus meditaciones, sí, y se lo que te han brindado. Haz mi voluntad, y todo cuanto has conocido serán minucias. Que mis dones sean el recuerdo para ti de la necesidad de servirme bien, y deja que el cuerpo de Muzan sea un recordatorio del precio del fracaso. -

Ojos de Tinta se puso rígida en el momento en que un rayo de luz roja la golpeó. Durante un momento, gritó a causa de un dolor como nunca antes había sentido. Su sangre parecía hervir bajo su piel, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas. Todos sus músculos se sentían como si los fueran a separar de los huesos. El dolor desapareció tan rápido como había venido, dejando el tormento en la memoria. Ojos de Tinta intentó recuperar el aliento mientras estaba tendida en el suelo.



- Levanta. Levántate Ojos de Tinta, sirviente de Kuro, Levanta, Ojos de Tinta, la Profanadora. -

Ojos de Tinta se levantó.

El poder se escapaba por sus ojos en forma de niebla rojiza. Su cuerpo se sintió más fuerte. Tras sus meditaciones siempre se había sentido renovada, aunque nada podía compararse a cómo se sentía ahora. sus antiguas habilidades parecían de risa en comparación. Sus extremidades hormigueaban con ansias de matar.

Ojos de Tinta se detuvo, e inclinó la cabeza hacia un lado. De pronto, una conciencia diferente la golpeó. Observó el brillante portal y extendió su poder.

El dedo de Muzan tembló.

El cuerpo del ogro comenzó a agitarse en medio de la paja, bañado por la luz roja. Muzan se puso de pie, desnudo a excepción de la sangrienta herida de su estómago. Su cabeza se ladeó por el corte en el cuello que le dejó el cuchillo de Ojos de Tinta.

-¿Cuál...? - dijo el ogro con voz ronca. Su mirada vacía se posó sobre la nezumi que tenía ante el. - ¿Cuál es su voluntad, amo? -

Entonces, el oni se rió tras su cortina, con un sonido que ahogaba todos los demás.

Ojos de Tinta observaba a su nuevo sirviente, permaneciendo de pie frente a su nuevo maestro. El ogro parecía esperar pacientemente. La risa de Kuro llenó sus oídos.

Aunque aún llevaba la máscara, Ojos de Tinta sonrió sin poder recordar otra ocasión en la que hubiese sonreído de la misma manera.

- Vamos, - dijo poniendo en movimiento el cuerpo del ogro. - Tenemos mucho que hacer, dulzura. -

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